Tener hambre nos pone furiosos

Comer es uno de los grandes placeres de esta vida. Puede levantarnos el ánimo si estamos bajoneadas, pero también calmarnos cuando nos encontramos tensas, porque nos induce a un estado más letárgico.

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Comer trasciende la necesidad biológica y nos deja esa sensación de disfrute que todas conocemos, porque libera hormonas asociadas con el bienestar (la dopamina y la serotonina). Es por eso que muchas veces, cuando experimentamos emociones negativas, recurrimos a comer aunque no tengamos hambre.

Es decir: comemos para sentirnos mejor en lugar de para nutrirnos. A esto se le llama “sistema de recompensa”.

Sin embargo, no a todas nos pasa igual. Están las personas que comen vorazmente, pero en el otro rincón están esas a las que se les cierra el estómago cuando están nerviosas o angustiadas, y aquellas otras que solo pueden gratificarse recurriendo a la comida chatarra o las golosinas. Y aunque nuestra relación con la comida también es cultural, es innegable que existe un vínculo recíproco entre las emociones y cómo nos alimentamos.

“Hangry”: el hambre nos pone furiosas 

Pero la causalidad no funciona solo de las emociones a la comida. También pasa a la inversa. ¿Alguna vez, en un restaurante, sentiste mucha bronca porque tu plato tardaba en llegar y tu panza rugía de hambre?  ¿O te sacaste porque el delivery llegó después de dos horas aunque te habían dicho que tardaría 45 minutos?

El término “hangry”, que ya fue reconocido por el Oxford English Dictionary, combina las palabras hungry (hambriento) y angry (enojado), y se aplica a la irritación que nos produce el hambre. Es que, así como comer libera las hormonas del placer, la falta de alimento segrega las del estrés, como el cortisol y la adrenalina.

Los niveles de glucosa, combustible básico para el cerebro, disminuyen al no comer. Entonces, el cuerpo reacciona para intentar volver a la normalidad y hacerle frente a la escasez de energía. Por ese motivo, tener hambre puede producir dolor de cabeza, mareos y dificultad para concentrarse.

Otra de las hormonas que liberamos cuando tenemos el estómago vacío es la ghrelina, que es la que nos avisa que nos falta alimento. Según un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Gotemburgo, de Suecia, esta sustancia afecta la manera en que nuestro cerebro maneja la impulsividad, lo que produce que tomemos decisiones más precipitadas y tengamos menos autocontrol.

El hambre puede condicionar nuestra visión de las cosas. Uno de los principales hallazgos de una investigación que hizo la Universidad Estatal de Ohio sobre parejas casadas fue que, cuanto menor era el nivel de azúcar en sangre de los participantes, más enojados y agresivos se sentían hacia sus cónyuges. Lo dice la ciencia: si te toca discutir un tema importante, mejor hacelo con la panza llena.

Las emociones y la comida

Si el deseo de comer tiene un origen emocional y no físico, aparece de forma repentina, nos manda a comer mucho en poco tiempo y a veces nos da antojo de algo en especial.

Es que, cada vez que nuestro cerebro percibe algo como una amenaza, se predispone para huir y luchar y nos pide comer más. Otro de los estados emocionales que nos llevan a comer es la ansiedad. En su nombre nos ponemos a picotear y comer como si no hubiera un mañana.

Ante la angustia, solemos usar el mismo mecanismo de comer en exceso para reconfortarnos y llenar el vacío que sentimos. Y lo mismo cuando estamos aburridas: comemos para distraernos.

¿Cómo salimos de este círculo vicioso? 

Darnos un mimo con la comida no es delito, pero hacerlo de forma constante y descontrolada puede llegar a ser contraproducente. Aunque no podemos desligar la alimentación de las emociones, dejar que estas dominen lo que comemos tarde o temprano impacta en nuestra salud.

Para ponerle un stop a ese hábito nocivo es necesario registrar lo que sentimos, hablar de ello y procesarlo. Es importante conectarnos con lo que pasa en nuestro interior, que, finalmente, es el origen de este comportamiento. Es importante buscar otras alternativas que nos aporten bienestar: meditar, tener algún hobby o hacer ejercicio, que, además, es fundamental para nuestra calidad de vida y nos ayuda a descargarnos.

Cuando es un problema  

Comer por impulso de las emociones no necesariamente es un trastorno, pero puede convertirse en uno. Para que exista un trastorno de la alimentación, deben existir también otras causas de origen biológico, psicológico y sociocultural.

Pero sentir que tenemos una relación problemática con la comida y que esta ocupa demasiado tiempo en nuestra cabeza es un llamado de atención. Como también puede serlo registrar que un cambio en nuestra conducta alimentaria es la única manera que encontramos de lidiar con los conflictos. Finalmente, los cambios físicos -como el aumento de peso o la delgadez extrema- pueden ser también indicios.

Ante estas señales, es fundamental recurrir a un médico, para que nos dé un diagnóstico, nos informe y nos facilite un tratamiento.

¿Sos de enojarte mucho en relación a la comida? ¿Podés manejar tus emociones? También leé: ¿Qué es el Mommy Brain y por qué hace que crezca nuestra materia gris? y Receta: cómo preparar mayonesa de zanahoria en 10 minutos

Nota de Eme de Mujer

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